2ª Crónica del Cuaderno de Bitácoras Poético de Paco Doblas, Cuba 2026 (Casarabonela 14/07)
CUBA DESDE ANDALUCÍA. (Primera parte).
Desde mi atalaya de Sierra Prieta.
Desde mi refugio de la Casa de los Amaneceres, en mi pueblo serrano malagueño de Casarabonela, me asomo cuando la tarde cae a la atalaya de la falda de Sierra Prieta para otear el horizonte sur. Me voy acercando inexorablemente al 29 de julio, día en que un avión me llevará allende los mares y mi corazón se vuelve un águila que desde su peña bate las alas. Primero pasaré por Guatemala, mi conocida amante amerindia, mestiza de selva y asfalto para desde ella partir a esa otra tierra amante insular, inédita, anhelada y platónica; Cuba.
El guionista de la vida tiene a veces un peculiar sentido del humor y le gusta mezclar argumentos improbables y ha hecho coincidir la espera de mi viaje con el mundial de fútbol. Así que una banda sonora extraña me acompaña en estos días de estío andaluz. Suenan Silvio Rodríguez y Carlos Cano; me acompañan Martí y Lorca; sobre la mesa se amontonan poemarios, libros de historia y ensayos de geopolítica sobre la isla anhelada; y, al otro lado de la pantalla, como inesperado contrapunto, un regate de Lamine Yamal me recuerda que también la belleza sabe jugar al fútbol.
En mi primera crónica os confesaba que nunca había estado en Cuba, pero Cuba siempre había estado en mí, alborotando desde temprano mi biografía con su vendaval de trovas, versos y sueños. Siento una afinidad cultural y emocional que todavía no acabo de entender totalmente ¿por qué un andaluz siente Cuba como algo tan cercano incluso antes de conocerla? No solo es algo que me ocurra a mí, es algo que sienten habitualmente tanto los andaluces que viajan a Cuba como los cubanos que vienen a Andalucía: una sensación de proximidad, de semejanza, de fraternidad. Pienso que no se puede responder a esta pregunta solo desde un estudio histórico o antropológico. No se puede explicar una cercanía vital tan profunda entre dos pueblos geográficamente tan distantes únicamente desde los libros. Para acercarme a ese misterio, la documentación tendrá que dialogar con la experiencia. Tendrá que dialogar con la Cuba real.
Por eso me asomo una y otra vez a mi balcón de Sierra Prieta, afilo la mirada buscando ese otro sur intentando desentrañar esa pregunta. Pero no tengo todavía una respuesta. Sospecho que no existe una sola. Quizá este viaje consista precisamente en ir encontrándola poco a poco.
Pero al menos mi atalaya me permite lanzar preguntas al viento, aventurar algunas leves hipótesis. Más allá de la geografía, Andalucía y Cuba comparten una identidad meridional, una conciencia de sur.
Son pueblos donde la calle sigue siendo un lugar de encuentro, donde la conversación importa, donde la música forma parte de la vida cotidiana y la poesía quiere ser más que un género literario y convertirse en un estilo de vida. Y luego está la alegría, ese sentido del humor desde el que afrontamos la vida y que funciona muchas veces como una forma de resistencia frente a la adversidad. No deja de sorprenderme como a pesar de que las noticas sobre Cuba confirman la hora amarga de oscuridades impuestas, bloqueos y tambores de guerra, en los rostros cubanos casi nunca falta una sonrisa.
Quedan todavía demasiados días para mi partida y como todo enamorado siento impaciencia por adelantar el encuentro con mi amada. Entonces el viento arrastra una intuición, quizás haya un atajo que me lleve a Cuba sin salir de Andalucía, sin tan siquiera cruzar el mar. En ese momento tomo una decisión, dentro de unos días bajaré hasta Cádiz. Ya he estado muchas veces, pero esta vez quiero recorrerla buscando otra ciudad. No sé si la encontraré. Dicen que La Habana y Cádiz llevan siglos mirándose de una orilla a otra del Atlántico y que basta caminar despacio por el barrio del Pópulo o escuchar cómo el Atlántico rompe contra las murallas, para que Cádiz empiece a habanear por los cuatro costados.
Ya es de noche, me vuelvo a asomar a mi atalaya y miro de nuevo al suroeste, a las montañas de la Sierra de las Nieves que se alzan ante mí como un gigante de sombras. Detrás de ellas está Cádiz, asomada al inmenso Atlántico como buscando a Cuba en la lejanía. Pero esta vez, oteo las tinieblas mientras escucho por mis auriculares la voz de Carlos Cano cantándome las Habaneras de Cádiz. Siento que Cádiz, más que el aeropuerto de Barajas en Madrid, puede ser el umbral que me lleve hasta Cuba. Quizás la primera etapa de mi viaje está más cerca de lo que yo pensaba. Ni siquiera salgo del suelo andaluz y ya siento que ha empezado el viaje, tras esa pregunta esencial que, más que una duda, está convitiéndose en una brújula interior. Pero ¿porque esa afinidad entre dos pueblos separados por kilómetros y kilómetros de mar? ¿Cuáles son esos puentes invisibles que todavía no alcanzo a ver desde esta montaña?
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