3ªCrónica del Cuaderno de Bitácora Poético Cuba/Guatemala 2026. Paco Doblas 26/07/ 2026
UN VIAJE EN BUSCA DE SENTIDO
Mañana me escaparé unos días a Cádiz y, mientras llega el momento, en mi Casa de los Amaneceres de Casarabonela voy planificando el viaje, escogiendo la mirada que quiero que sea su brújula, ordenando sus cartas de navegación y dándole un sentido.
El título de este apartado evoca al neurólogo y psiquiatra austriaco, superviviente del Holocausto nazi, Viktor Frankl, autor del famoso libro El hombre en busca de sentido, que enfatiza la importancia de esforzarse por alcanzar un objetivo significativo en la vida. Una de sus frases más citadas y contundentes es: «El sentido de la vida es darle sentido a la vida». Parafraseándola en el contexto de mi cercana partida, podríamos decir: «El sentido del viaje es darle sentido al viaje».
Efectivamente, la vida y los viajes no tienen un sentido consustancial en sí mismos; hay que saber encontrárselo. Y, para encontrarlo, un primer factor muy importante es entrenar la mirada. No me basta un solo ojo. Necesito mirar con los dos abiertos. Uno es el ojo geopoético, con el que buscaré el alma de los paisajes, la memoria escondida en las piedras, la música de los pueblos y esa belleza obstinada que sigue floreciendo incluso en medio de la adversidad. Con el otro no apartaré la vista de la geopolítica: la historia, las relaciones de poder, las fronteras visibles e invisibles, las injusticias y las solidaridades que atraviesan esos mismos lugares. No son dos miradas distintas, ni soy dos personas diferentes. Son dos ojos que miran al unísono y confluyen en una misma conciencia. Si cerrara cualquiera de ellos, dejaría de ver el relieve del mundo. Nunca he sabido separar la poesía del compromiso.
Aclarado el punto de vista desde el cual quiero contar y cantar este viaje, el siguiente paso para encontrarle sentido es poner todas las piezas del rompecabezas sobre la mesa.
- La primera pieza, el origen, como ya he explicado, es participar en la sexta promoción del posgrado Intervención con Artes Expresivas de la Universidad del Valle de Guatemala, donde impartiré un nuevo curso de El arte de vivir poéticamente. La escritura como autoexpresión, entre los días 24 y 29 de agosto.
- A esta se sumó una segunda pieza: la publicación de mi poemario Canto a la belleza terminal, que dotó al viaje de un nuevo sentido al marcarme otro objetivo, aprovechar mi estancia para presentar el libro allende los mares.
- Finalmente, una tercera pieza terminó de darle un sentido definitivo: surgió la oportunidad de participar en la 32.ª Brigada Europea de Solidaridad con Cuba José Martí. Había llegado el momento de cumplir un sueño muchas veces pospuesto: poner por fin el pie en el Caimán del Caribe.
Una vez escogida la mirada y colocadas todas las piezas sobre la mesa, puedo organizarlas y descubrir el sentido del viaje. Entonces aparece con claridad la representación geométrica de mi itinerario. No se trata de un viaje lineal hacia Cuba, sino de un viaje por aproximación, algo parecido a una sucesión de círculos concéntricos.
- Cuba desde mi biografía. La Cuba que, como confesé en mi primera crónica, me ha acompañado desde hace mucho tiempo en mi horizonte emocional. Yo nunca he estado en Cuba, pero Cuba ha estado en mí.
- Cuba desde Sierra Prieta. La Cuba imaginada desde mi actual atalaya andaluza, desde el balcón de mi Casa de los Amaneceres de Casarabonela, que conté en mi segunda crónica.
- Cuba desde Cádiz. La Cuba que voy a buscar en esta tercera crónica sin salir todavía de Andalucía. Esa que se presiente tras el horizonte del Atlántico gaditano, allá por donde se pone el sol.
- Cuba desde el cielo. La Cuba que uno piensa mientras cruza en avión el océano durante más de once horas, desde ese aislamiento de un no lugar y un no tiempo.
- Cuba desde Guatemala. La Cuba que forma parte de una constelación de pueblos hermanos que abrazan con sus tierras ese gigantesco ojo de agua llamado Gran Caribe.
- Y, finalmente, el círculo definitivo, el centro de esta diana: Cuba desde Cuba. El encuentro con la amada, con esa Cuba real a la que llevo tantos años queriendo arribar.
Cuando mis pies anden por ese trozo de humanidad concreta, buscaré en el horizonte a Andalucía desde Cuba para intentar divisar mi propia tierra desde otra perspectiva.
Después tocará desandar el camino de esos círculos concéntricos: volver a Guatemala, regresar en avión a mi orilla del mar y, finalmente, desplazarme de nuevo hasta mi punto de partida, Casarabonela. Una vez de vuelta, me asomaré otra vez a mi atalaya andaluza de Sierra Prieta y estoy seguro de que mi manera de contemplar el mundo ya no será la misma, porque yo tampoco seré el mismo, ni lo será mi mirada sobre Cuba. Todo viaje que se precie transforma al viajero y, con él, también transforma el mundo.
LAS COLUMNAS DE HÉRCULES
El miércoles 15 de julio, mientras conducía desde Casarabonela hacia la provincia de Cádiz para buscar, junto a mi compañera de vida, Lola, las huellas de esa Cuba soñada, la historia decidió salir a nuestro encuentro.
En un recodo de la autovía apareció, quizá, una de las imágenes más hermosas del sur: las dos Columnas de Hércules frente a frente. A un lado, el Peñón de Gibraltar. Al otro, las montañas del Rif dibujándose entre la bruma. Europa y África mirándose a través del Estrecho; el Mediterráneo y el Atlántico separados apenas por un beso de agua.
Justo en ese instante, la voz de la radio interrumpió mis pensamientos para anunciar una noticia largamente esperada: aquel mismo día se retiraba definitivamente la verja de Gibraltar.
Durante unos segundos, la realidad y el paisaje parecieron ponerse de acuerdo. Mientras mis ojos contemplaban aquel lugar que durante siglos ha simbolizado la separación entre continentes, la historia parecía susurrar que todas las fronteras son, al fin y al cabo, construcciones humanas. Se levantan. Se derriban. Son construcciones históricas que pueden desaparecer. Compartía la alegría que transmitía la radio: después de tantos años, desaparecía la que muchos consideraban la última frontera dura de Europa, una decisión llamada a cambiar la vida cotidiana de miles de personas acostumbradas a cruzar aquella verja cada día.
Pero aquella alegría quedó pronto matizada. Bastó con levantar un poco la mirada para descubrir otra frontera. Invisible desde aquel mirador y, sin embargo, mucho más dura. Ese estrecho muro de agua entre Europa y África sigue en pie, sin un rasguño. Estremece pensar que este paisaje de una belleza deslumbrante sea también uno de los grandes cementerios del Mediterráneo.
Para completar el cuadro dirigí la mirada hacia el oeste, donde se abre un mar mucho más ancho, una inmensidad de agua con un horizonte colosal, el mismo que hace ya más de cinco siglos recorrió la expedición de Colón persiguiendo al sol poniente hasta el Caribe.
Intento comprender el sentido de este paisaje que se abre ante mis ojos. Quiero que su imagen quede grabada en mi pupila: esta encrucijada de mares, continentes y fronteras que confluyen en el Estrecho de Gibraltar como una metáfora indeleble. Cuenta el relato mitológico que Hércules separó Europa y África abriendo el Estrecho. Es una imagen poderosa para ilustrar las reflexiones que estas páginas van despertando en mí sobre la relatividad de tantas fronteras visibles e invisibles.
Reflexiono sobre cómo el mar puede unir y ser puente, pero también convertirse en una barrera infranqueable, como ocurre con esta breve cintura de agua que tanto nos aleja del hambre africana. O como sucede también hoy en Cuba, más isla que nunca, cercada por un mar Caribe que los poderosos del mundo han convertido en su cárcel.
Mi mirada se pierde hacia el oeste, por los azules inmensos de este Atlántico que se abre ante mí como un umbral.
CINCO DÍAS POR TIERRAS GADITANAS
Elegimos como campamento base un pequeño camping en Conil. Desde allí fuimos desplegando, como quien abre un mapa lleno de intuiciones, pequeñas incursiones por la costa y los pueblos gaditanos.
La primera parada fue Vejer de la Frontera. Nada más llegar a la Plaza de España me asaltó una inesperada sensación de familiaridad: la fuente revestida de azulejos, las palmeras, el blanco luminoso de las fachadas y el intenso azul del cielo componían una escena que, por un instante, me hizo sentir que Cuba ya empezaba a salir a mi encuentro.
Por la tarde descendimos hasta las playas de El Palmar y Los Caños de Meca. Allí el verdadero protagonista no era la arena ni el viento, sino el Atlántico. Permanecí largo rato contemplando aquella inmensa llanura de agua, siguiendo con la mirada el camino por el que el sol se alejaba hacia poniente. Sabía que, mucho más allá de ese horizonte, me esperaba Cuba. Aún no podía verla, pero empezaba a sentir que el viaje había dejado de ser una simple ilusión para convertirse, poco a poco, en una presencia.
La jornada terminó frente al faro de Trafalgar, contemplando una de esas puestas de sol que parecen detener el tiempo. Mientras el disco rojo se hundía lentamente en el océano, tuve la íntima certeza de que el mismo Atlántico que aquella tarde abrazaba las costas gaditanas sería, pocos días después, el camino que me conduciría hasta mi amante ínsula caribeña.
Al día siguiente le llegó el turno a Cádiz. Recorrimos sin prisas la Catedral, el barrio del Pópulo, el puerto y el Parque Genovés, dejándonos llevar por una ciudad que mira constantemente al océano. Allí busqué el busto de José Martí y quise detenerme unos instantes junto a él, como quien saluda a un viejo compañero de viaje antes de cruzar definitivamente el Atlántico.
La jornada volvió a cerrarse en el mismo lugar donde parecía querer concluir todos mis días gaditanos: el horizonte de La Caleta. Desde aquella playa asistimos a un segundo atardecer. Mientras el sol se hundía lentamente en el mar, regresaron a mi memoria unos versos de Canto a la belleza terminal que, sin yo buscarlos, parecían escritos para aquel instante: «La noche no niega la luz, la guarda».
El sábado nos acercamos a Chiclana para reencontrarnos con unos buenos amigos, José Luis y Tonín, componentes del dúo poético-musical Jarabe de Arte, con quienes Lola y yo compartimos un agradable paseo por la ciudad. Hacía poco José Luis había estado en Casarabonela, poniendo música a la presentación de mi libro Canto a la belleza terminal, y aquel encuentro fue una hermosa manera de prolongar esa complicidad nacida entre poemas y canciones.
La estancia en Chiclana todavía nos reservaba una grata sorpresa poética. El poeta Luis García Montero presentaba su última novela, La mejor edad, acompañado por otro gran amigo, el también poeta gaditano Juan José Téllez.
La jornada concluyó de nuevo en Cádiz, donde por la noche asistimos a un concierto de Leiva, un regalo de cumpleaños que me había hecho Lola para justo antes de emprender mi gran travesía. En resumen, fue un penúltimo día de amistad, poesía, música y celebración.
El domingo decidimos no movernos del camping. Después de varios días de carreteras, paseos y atardeceres, el cuerpo pedía descanso. Alternamos la piscina con las primeras notas de estas crónicas, intentando poner en orden las emociones acumuladas durante aquellos días.
La noche nos regaló un inesperado epílogo: España se proclamó campeona del mundo al derrotar a Argentina. Recordé entonces un viejo texto de Eduardo Galeano escrito tras el Mundial de 2010, cuando celebraba que, frente al brillo de las grandes individualidades, había triunfado el fútbol solidario de la selección española, construido sobre la inteligencia colectiva y la idea de equipo. Quizá por eso aquella victoria me pareció un hermoso cierre para la escapada. Antes de emprender mi viaje hacia Guatemala y Cuba, el azar me regalaba una última imagen del poder que tienen los seres humanos cuando aprenden a caminar, crear y soñar juntos.
REGRESO A LA ATALAYA. ÚLTIMOS DÍAS ENTRE MALETAS, ESCRITOS Y NOTICIAS INQUIETANTES
He regresado de mi periplo gaditano con la sensación de que, sin necesidad de coger todavía ningún vuelo, el viaje ya ha comenzado. De nuevo en mi atalaya andaluza apuro los últimos días antes de emprender la travesía transoceánica escribiendo estas crónicas, resolviendo las inevitables tareas burocráticas y organizando mi complejo equipaje.
Son unas maletas muy particulares. Junto a la ropa y los enseres personales viajan también la pesada carga de los versos de mi nuevo poemario y la ligera, aunque voluminosa, de los insumos sanitarios y medicamentos que llevaré a esa Cuba cercada. Este viaje tampoco tendría sentido sin la 32.ª Brigada Europea de Solidaridad José Martí, que me permitirá conocer la isla desde la convivencia y el trabajo compartido con personas de muchos países. No viajo únicamente para mirar. También viajo para participar.
La complicada tarea de ajustarse a las medidas y los pesos de cada equipaje me recuerda inevitablemente al viejo juego del Tetris, donde hay que girar una y otra vez las piezas hasta conseguir que todas encajen.
Mientras voy cerrando las cremalleras de las maletas y poniendo el punto final a estas páginas, no dejan de llegar noticias cada vez más inquietantes desde Cuba. Una vez más parece que la historia sale a mi encuentro.
Declaraciones oficiales, análisis y documentos difundidos desde Estados Unidos dibujan un escenario de creciente tensión alrededor de la isla. El lenguaje de la Administración Trump recupera un clima que me recuerda al viejo macartismo y a una renovada paranoia anticomunista, hasta el punto de poner en cuestión la labor de organizaciones de solidaridad internacional como el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, la institución que organiza precisamente la brigada en la que voy a participar.
Confieso que todas estas informaciones han proyectado una sombra sobre los últimos preparativos del viaje. Ignoro qué puede ocurrir en los próximos días. Los acontecimientos parecen acelerarse y no me siento capaz de anticipar hacia dónde conducirán. Todas las opciones están abiertas, incluida la militar que hoy parece más cercana que nunca.
Quizá por eso mismo siento con más fuerza la necesidad de cruzar el Atlántico. No quiero conformarme con relatos construidos desde la distancia. Necesito mirar con mis propios ojos, escuchar con mis propios oídos y dejarme impregnar por la realidad de un país que llevo tantos años imaginando.
Pase lo que pase, quiero estar allí para contarlo. Y, sobre todo, para cantarlo.
0 comentarios