ANTIGUA GUATEMALA. Cuatro días entre fiestas, volcanes y encuentros «fortuitos».

Después de estrenarnos en la universidad, nos volvimos a reencontrar con nuestra amiga Marian, con la cual nos fuimos a pasar entre los días 14 y 18  a  Antigua Guatemala. Allá nos pilló el 15 de septiembre, día de la independencia y tuvimos la suerte de tener la ciudad en fiesta. Además disfrutamos de la subida al volcán de Pacaya, todo un espectáculo para los sentidos. Pero más allá del paisaje, está el paisanaje, la buena gente que uno se va encontrando cuando tiene los sentidos puestos en el viaje. En está crónica hablaré también de dos conversaciones que quiero registrar en este cuaderno de bitácora.

LA EXPERIENCIA DE VIAJAR EN CHICKEN BUS

Empezamos por la subida desde la capital ya fue toda una aventura. Viajamos en los llamados Chicken bus esos buses de colores llamativos preciosos que todas las agencias y crónicas desaconsejan usar por los turistas por motivos de seguridad (y no sabemos si algún que otro inconfesable), pero que nosotros recomendamos probar aunque sea sólo una vez.

Es verdad que tenemos que saber que subir en estos transportes tiene un cierto riesgo ya no sólo por los posibles atracos, sino por como se conduce en Guatemala y muy particularmente estos buses, cuyos conductores parecían más de rally que de vehículos de transporte colectivo de viajeros, o al menos el que nos tocó a nosotros por no generalizar. Sin embargo tenemos que decir que el viaje de una hora y media fue toda una experiencia en la que te mezclas con la Guatemala más popular a un ritmo infraganti, olores y apreturas, música de salsa y reggaetón, vendedores de todo tipo de productos, que suben y bajan, toda una explosión para los sentidos (todos, los cinco) que no se  nos va a olvidar. Igualmente recomendable el Tuc Tuc, esos motocarros que parecen de dibujos animados, un riesgo de los que merece la pena correr.

LLEGADA A ANTIGUA.

De repente te das cuenta que has llegado, por  el empedrado de las calles al entrar en el casco urbano, las irregularidades y la pésima amortiguación del Chicken Bus terminan de zarandearte el cuerpo como una batidora. Eso sin embargo te espabila para que mires a tu alrededor y te des cuenta que has llegado a otro lugar, un sitio inconfundible, salpicado acá y allá por ruinas, como cicatrices que fueron dejando los sucesivos terremotos que golpearon la ciudad y luego ese aire colonial, ese barroco español que emerge del mar vegetal que se mete esmeralda entre las costuras de la urbe. Esta ciudad a la que llegamos pareciera resumir a toda la república de Guatemala con esa mezcla de  gentes algunos con rasgos caucásicos españoles y  una mayoría de rostros cobrizos y ojos amerindios.

Después elevas tu mirada un poco más allá y ves como la ciudad está inserta en un entorno paradisiaco, en este alto valle, rodeado de volcanes y verde selvático, tamizado por un blanco barniz de niebla que lo envuelve todo de una mágica sensación de irrealidad. Bienvenido seamos, hemos llegado a Antigua 

LA CIUDAD EN FIESTA  

Si ya el sólo hecho de pasear por Antigua por sus palacetes, plazas y mercados es como sumergirte en el pasado, más aún en estos días, en que la ciudad vive una particular efervescencia coincidiendo con la explosión patriótica que inunda al país en la Fiesta de la Independencia. La algarabía de esta gente, que celebran la emancipación del Imperio Español, contagia al viajero, incluso a los que como nosotros no nos mueven especialmente las fiestas nacionales. Sin embargo aquí es imposible aquello de «en la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual»,  que diría la canción de Georges Charles Brassens que hiciera popular en España Paco Ibañez. Parece increíble la capacidad de aguante, toda la ciudad durante el fin de semana, ha sido una fiesta interminable, por todos sus rincones la música, el bullicio, una alegría colectiva de la que era casi imposible sustraerse.

UN ENCUENTRO «FORTUITO» EN LA CALLE DEL ARCO 

Quiero traer aquí un encuentro fortuito, de apenas 10 o 15 minutos, uno de esos episodios aparentemente sin importancia, pero que hacen de los viajes terminen siendo experiencias inolvidables que ensanchan el alma. Habíamos llegado el sábado 14 aunque todavía era la víspera de la Independencia pero ya toda la ciudad estaba engalanada de banderas con los colores nacionales, gente con la cara pintada portando antorchas, todo tipo de orquestas, charangas, majorette, … Íbamos paseando yo, con mis acompañantes viajeras Lola y Marian por aquel bullicio cuando llegamos a la famosa calle del Arco, a la altura del susodicho, a la derecha vimos un enorme mercado de artesanía en cuyo techo colgaban las famosas cometas, tradicionales del Festival de barriletes gigantes de Santiago Sacatepéquez y en sus estantes textiles, cerámicas, maderas, nos sumergían en su mar de colores. No conozco otra cosa en el mundo que tenga más colores que un mercado en Guatemala. Después de posiblemente dos horas , yo decidí volver a Calle del Arco desde donde me llamaba el bullicio de los festejos callejeros, mientras mis acompañantes continuaban disfrutando de aquel inmenso universo cromático artesanal.

Cuando salí a la calle del Arco de nuevo, un hombre más o menos de mi edad (alrededor de la cincuentena) bajito, con aspecto bonachón a lo Sancho Panza pero con piel cobriza y esos brillantes ojos negros inconfundiblemente mayas, se dirigió a mi con amabilidad preguntándome como me llamaba y de donde era. Cuando le contesté que era Paco de Málaga, en España, el se presentó como Alfonso, aunque su nombre maya era era lago así como Acoalt. Yo pregunté entonces como prefería que le llamara y el me dijo que el nombre que le habían puesto sus padres, pero que como trabajaba en el mercado tenía que usar un nombre español. Y entonces me dijo, usted deberá estar triste porque la fiesta celebra que Guatemala dejaba de ser española. Le aclaré que para nada, que aunque yo fuera español, no compartía lo que los españoles habían hecho en Guatemala y en toda América Latina, que yo estaba en contra de la conquista y de todo tipo de imperialismo y que para mi también era un motivo de alegría que Guatemala se liberara de una opresión como a la que había sido sometida durante la época colonial. Después me preguntó si allá en España no celebrábamos la independencia. Le aclaré que no, que la fiesta nacional española era precisamente el 12 de octubre, conmemoración de la llegada de Colón a América y que como le había explicado para mi no era ningún motivo de celebración y mucho menos de orgullo. Me dijo que otro español le había hablado de la independencia de España contra los moros. Se ve que el hombre había escuchado campanas, pero no sabía muy bien. Le aclaré, que precisamente en 1492 el mismo año del mal llamado descubrimiento de América, los reyes católicos terminaron por conquistar Granada, la última ciudad musulmana en la península ibérica, y que con ello se acabó con la anterior pluralidad lingüística, cultural, religiosa y empezó una era fundamentalista, donde se impuso un estado uniformizador, con una sola religión, una sola lengua, una sola idea nacional,…  El me dijo: y eso es lo que nos trajeron a América. Así es, asentí yo, los años de guerras contra el infiel allá, continuaron primero en el archipiélago canario y después salto a este lado del charco.

No nos conocíamos de nada, pero aquel hombre me agarró las dos manos, me miró directamente a los ojos  y me dijo: gracias, ¿porque pregunte yo?, por hacerme comprender mejor me dijo. Y me dio un sentido abrazo, de esos que notas sincero mientras el bullicio de la música parecía ponerle banda sonora a la escena. Después le dije; amigo me alegro de haberle conocido, voy a entrar al mercado a ver si mis compañeras han acabado. Así lo hice, busque a Lola y Marían que continuaban buscando en aquel mar de colores, les conté sucintamente la conversación que acababa de tener. Al rato salimos, pero ya no estaba Acoalt, tan sólo estaba la machacona música y un recuerdo de calor en mi cuerpo de aquel abrazo que para mi fue como un símbolo de que a pesar de las crueldades de la historia es posible la paz y la amistad entre los pueblos.

UNA HISTORIA DE TERREMOTOS Y VOLCANES.

Desde nuestro apartamento tenemos la suerte de tener unas preciosas vistas a la ciudad y al circo de volcanes formados por el Volcán de Agua, Volcán de fuego y Acatenango. Solo echar un vistazo desde nuestra privilegiada atalaya, confirma lo que venimos diciendo que Antigua es una ciudad diferente,  entre los tejados las copas de los frondosos árboles tropicales se intercalan las ruinas terremoteadas de la ciudad colonial, que asoman aquí y allá  como fósiles de dinosaurios de un pasado esplendoroso que devino en desastre.

Así me lo confirma google, que me explica que la primera ciudad, conocida como Ciudad Vieja, situada a unos 5 kilómetros , fue barrida de un plumazo en 1541 por una inundación súbita provocado por una erupción del  volcán conocido como Hunahpú por los mayas, que vació en tromba el agua acumulada en el cráter sobre la urbe, y es por eso que desde entonces se le conozca como Volcán de Agua. Pero es que la actual ciudad de Antigua padeció hasta tres grandes terremotos en el siglo XVIII, motivo por el cual la capital de la república acabó por ubicarse en la actual Ciudad de Guatemala en 1776.

SUBIDA A PACAYA Y UN SEGUNDO ENCUENTRO «FORTUITO».

Los volcanes han tenido tanta incidencia en la historia de Guatemala, que casi parece imposible irte del país sin visitar alguno. Por si alguien se despista, las agencias de viajes que abarrotan la ciudad de Antigua nos lo recuerdan como uno de los destinos turísticos estrellas. Así que decidimos ir a uno de los 27 volcanes guatemaltecos concretamente al de Pacaya, uno de los tres que sigue activo en la actualidad. Después de un viaje en un microbus, por unos preciosos caminos de negra tierra volcánica que contrastaba con el verde de la selva, llegamos a la aldea de San Vicente de Pacaya, cercana a la falda del volcán.

Desde allá iniciamos casi cuatro kilómetros de fuerte desnivel, la primera parte a pie y la última a caballo. Y entonces se produjo otro de esos encuentro «fortuitos» que siempre se producen cuando el viajero está atento a su entorno. Mi guía y dueña del caballo Caramelo, Lesly, una jovencita de 20 años con bellos rasgos mayas, me vino contando cosas muy interesantes del volcán y de sus moradores que como ella explotan el interés turístico de este recurso natural tan especial.

Me contó como hace nueve años, tuvieron que salir corriendo de su aldea la noche del 27 de mayo de 2010 por la lluvia de fuego y piedras que la destruyo por completo, y como sus habitantes después la reconstruyeron con sus manos y las escasas ayudas gubernamentales. Ante mi asombro también me contó la mucho más destructiva que provoco la erupción Volcán de Fuego en el 2018, tan sólo hace un año destruyendo por completo tres aldeas provocando 319 muertos, según cifras oficiales; y miles, según los pobladores afectados.

El espectáculo desde la falda del Pacaya, a pocos metros de su cráter es fantástico, pudimos ver las bellas siluetas de los volcanes de agua, y de fuego rodeadas de nubes y como de este último salió una enorme fumarola marrón y al poco tiempo, el Pacaya donde estábamos empezó a rugir y a anaranjar la nubosidad que cubría su cima. No, aquello que teníamos ante nuestros ojos no eran fuegos artificiales, no era un juego, a pesar de su apabullante belleza.  Mi joven guía me explicó como ambos volcanes estaban comunicados y como la actividad en uno presagiaba la del otro. Mi mente no puede menos que establecer una metáfora entre estos volcanes y la historia de opresión y atrocidades de este bello y violentado país.

Se me ocurrió entonces preguntarle sino tenía miedo, si le gustaba vivir allí, a lo que me contestó que le encantaba su aldea y su volcán, que es un sitio pese a todo muy tranquilo,  que por ejemplo en la capital, me dijo señalándola, tampoco está tan lejos del volcán y que allá igual te agarra una balacera y te mata igual. Y luego concluyo sabiamente con una sonrisa en todos los lugares hay peligros no cree. 

El Sol se escondía en el horizonte y la bajada con cada vez menos luz y la resbaladiza tierra de lava se antojaba complicada. Empezamos el descenso y el Pacaya, como queriéndose despedir de nosotros nos rugió mientras lanzaba su rojo material a un cielo ya casi noche.

 

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