EL OFICIO DEL SEÑOR PÉREZ. Paco Doblas

El señor Pérez yacía retrepado en su butaca con la mirada perdida por encima de las gafas. El monótono balanceo de la mecedora era como el tictac de un gran reloj que fuera marcando el lento paso del tiempo de esta noche interminable de insomnio. Sus ojillos negros que todavía retenían algo del brillo de antaño, planeaban sobre el desorden reinante para acabar clavándose en la gran vidriera del fondo donde estaban apilados, como si de trofeos se trataran, los botes de cristal que contenían el trabajo de toda su vida. Pero daba igual, el señor Pérez no veía nada por que no miraba hacia fuera sino hacia adentro. Cuando uno llega al final de su vida el presente apenas importa, el futuro se presume cada día más chiquito y sin embargo el pasado es cada vez más enorme, como un océano de recuerdos. Que triste es llegar al final viendo que tu vida ha sido un sinsentido, que te has entregado por entero a una profesión que es un completo despropósito. Sin embargo Pérez creía recordar que no siempre fue así, cuando era más joven sentía de verdad lo que hacía. Había heredado la profesión de su padre y él a su vez de su abuelo que la había heredado de su bisabuelo y así sucesivamente. Estábamos realmente ante un oficio secular que había sido durante generaciones el orgullo de la familia Pérez. En su juventud aquel trabajo le parecía emocionante y divertido, se sentía orgulloso, un ser especial y generoso. ¿Cómo había ocurrido entonces el cambio? ¿Cómo se había trasformado todo de una aventura maravillosa, a un quehacer obsoleto y absurdo? Además el señor Pérez se había consagrado tanto a su oficio que no se había preocupado por crear una familia y ahora a la vejez se encontraba sólo y sin descendencia, sin un hijo o hija a quien enseñar su centenaria profesión. Cierto es que hace años tuvo una fugaz pareja, Lola, una jovencita que sin ser una gran belleza podíamos calificar de bonita. Eso si bastante repipi tanto que la conocían en el barrio como la presumida, por aquella manía suya de repintarse y vestirse con carísimos trajes de gran señora, aunque fuera un simple miércoles por la tarde y sólo fuera de casa a la tienda. Al principio, como suele suceder, la pasión borró las diferencias, funcionaban muy bien en la cama y eso era lo que importaba, pero el señor Pérez sabía que eran agua y aceite. En cuanto paso el furor la incipiente pareja no pudo aguantar la convivencia. Sus intereses y ritmos vitales eran demasiado diferentes. Ella casera y obsesionada por la limpieza y el orden, no podía soportar los más mínimos ruidos por lo que andaba con la parsimonia silenciosa de los gatos.

Él, por aquellos años, siempre con prisa, desordenado y ruidoso, volcado en su trabajo que le obligaba a pasar bastantes noches fuera de casa. El señor Pérez recordaba como si estuviera pasando ahora la última y definitiva discusión cuando ella quiso quitar la vidriera con esas cosas asquerosas como le llamaba. Al final el agua acabo por hundirse y el aceite por salir a flote. Pero aquello sucedió cuando el era joven y el oficio era todavía pujante y gozaba de gran prestigio. Pero ahora además de anciano y cansado estaba en completa bancarrota, el viejo oficio familiar había caído en desuso, no había apenas demanda y poco a poco se había dilapidado aquella enrome riqueza de los Pérez que pareciera inagotable. Para colmo de males como suele suceder en economía cuando un rumor se desata al final termina por consumarse y en el mundo actual desencantado y racional ya ni los niños, antiguamente sus principales clientes, creían en el oficio centenario del señor Pérez.
Nunca se había preguntado hasta esta noche el porqué de su oficio, el sentido de tantos años de esfuerzo y altruismo y ahora no encontraba más respuesta que un silencio absurdo. El señor Pérez permanecía con la mirada clavada en la vitrina pero ya no sentía ese orgullo que siempre había sentido al contemplarla. En esta noche maldita los sentimientos eran otros bien distintos, el absurdo, el vacío, el estupor. Sin fuerzas ni recursos económicos para continuar, sin nadie que pudiera proseguir con la saga familiar, pero sobre todo sin un sentido , un porqué, un para qué había dedicado toda su existencia. El señor Pérez detuvo bruscamente la mecedora y con ella fue como si se detuviera el tiempo. Era mejor acabar, aunque eso supusiera que se extinguiría para siempre , aquel oficio único de los Pérez. Así que el señor Pérez se dirigió al enorme expositor y apurando sus últimas energía lo empujó con rabia. El mueble-vitrina reventó con estruendo contra el suelo, deshaciéndose en astillas y fragmentos de cristal. Los botes de su interior estallaron también liberando su contenido por todas partes.
A la mañana siguiente, cuando el primer rayo de Sol entró por la boca de la madriguera, dejó entrever sobre un mar de dientecillos blancos que lo inundaba todo, un cuerpo minúsculo y lacio como un trapo colgado balanceándose suavemente con la brisa. Era el cuerpo sin vida de el señor Pérez, el ratoncito.

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